VIENTOS DE CAMBIO
Periodismo, poder y democracia
La constitución del Estado moderno, en la lógica del pensamiento occidental, tiene sus cimientos en la clásica división de poderes que el barón de Montesquieu expusiera en el “El Espíritu de las Leyes” (1748): poder legislativo, poder ejecutivo y poder judicial.
Dicho modelo aseguraba y consagraba un equilibrio perfecto en el ejercicio y la administración de los asuntos públicos. La fortaleza, independencia y funcionamiento equilibrado de tales poderes garantizaría el Estado democrático de Derecho que encuentra su fundamento en la legitimidad (soberanía popular) y la justicia (normas justas, derechos humanos).
Al margen de este sistema, pero incidiendo de manera directa sobre él, se situaban los medios de comunicación. El periodismo fue capaz de articular mecanismos directos de vigilancia y denuncia, velando por el correcto equilibrio de dichos poderes y la buena salud democrática del sistema. De esta manera, se convertía en un 4º poder real, que enriquecía y dinamizaba la clásica separación propuesta por Montesquieu.
En 1985, Alfonso Guerra pronunciaría la célebre frase “Montesquieu ha muerto”[1]. Hoy en día, nadie duda de la concentración de poder y déficit democrático que ofrecen las instituciones de nuestro sistema. La línea que separa los poderes ejecutivo, legislativo, judicial y económico, es casi inapreciable. Sucede lo mismo con los medios de comunicación.
El periodismo de masas, ha ido olvidando sus funciones de fiscalización y defensa del interés comunitario, de voz de la ciudadanía que como cuarto poder cabía exigírsele. Los medios de comunicación de masas, han acabado instalándose a la sombra de los poderes económicos y políticos, sirviendo a sus intereses. Ya no son la voz crítica, si no la voz al servicio del sistema.
No obstante, la impronta de las redes sociales y las nuevas tecnologías en nuestras vidas ha supuesto una revolución de la comunicación y de las formas tradicionales de hacer periodismo. En la actualidad, cualquier persona puede denunciar y compartir hechos en tiempo real, con carácter universal y alcance global. Esto supone una democratización de los medios de comunicación, una herramienta de periodismo ciudadano, de periodismo directo. Las redes sociales eliminan al intermediario (medios de comunicación de masas en manos del sistema) y devuelven la voz al ciudadano, con capacidad directa para incidir y denunciar los abusos y desequilibrios del poder y del sistema, alcanzando a protagonistas y responsables. Se rescata, por tanto, el mandato exigible a un cuarto poder.
Por el contrario, las redes sociales presentan unas limitaciones substanciales. La escasez de profundidad, la velocidad e inmediatez con las que se generan noticias y comentarios indiscriminados, y la frugalidad con la que cambian las agendas políticas y temas candentes, generan cierto vértigo y pueden llegar a provocar el efecto contrario de la inversión y saturación por banalización.
El Vendaval, periodismo ciudadano.
En este contexto nace El Vendaval, manuscrito ciudadano para la transformación social, como proceso participativo alumbrado en el seno de la plataforma ciudadana Ágora Sexitana.
El Vendaval pretende ser una herramienta de contrapeso y equilibrio de poderes. Pero más aún, propone una superación de los modelos convencionales, basado en el dinamismo y la democratización de las redes sociales, el análisis y la profundidad de la prensa acreditada y el enfoque dialógico y participativo que ofrecen los foros y movimientos sociales.
El Vendaval quiere ser también un medio de prensa escrito, genuinamente local, abierto a la participación de asociaciones de vecinos, entidades de acción social, movimientos y plataformas ciudadanas. Un soplo de aire fresco, regenerador, innovador, enriquecedor, participativo y abierto a la ciudadanía, poniendo a su servicio mecanismos de denuncia y participación directa como vigía y ente transformador de los escenarios políticos y sociales locales.
El Vendaval sopla fuerte y con descaro en Almuñécar, ha venido para quedarse y quiere resucitar a Montesquieu.
[1] No está confirmada del todo la atribución de esta cita a Alfonso Guerra, pero algunos autores como Fco. Bernal Carretero se la atribuyen, en alusión a la mayoría parlamentaria existente en 1985 con quórum suficiente para reformar la Ley del Poder Judicial.
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