A fondo. Barrio de la Carrera de la Concepción.
Emilio Estévez
MALABARES Y GUERRERAS
Quedo con María y Carmen [1] en una cafetería cercana a nuestro barrio, La Carrera de la Concepción, popularmente conocido como La Chana. Nos disponemos a tener una charla informal para conocer sus inquietudes, sus miedos, sus preocupaciones y trasladar a la sociedad almuñequera la situación de estas dos luchadoras, que es la situación de mi barrio.
El día es soleado, nos sentamos en la terraza. Son las cuatro de la tarde. María pide un descafeinado y Carmen un café con leche. Empezamos la charla.
María me comenta que está en paro. Su marido, en la misma situación, solo recibe una pensión de 426 euros al mes por una jubilación anticipada. Llevan así 5 años. María tiene 50 años, su marido 57. Tienen cuatro hijos y cuatro nietos, todos en paro. A la hora de comer son 14 en casa. “Tengo que hacer malabares para poder llenar todos los días los 14 platos. 14 bocas que alimentar”, -repite incrédula, como si al decirlo no lo creyera posible.
Para Carmen, más de lo mismo. Vive con su marido y un hijo. Tiene dos hijos más y tres nietos, ninguno con trabajo estable. Para almorzar son siete. El único sueldo que entra en casa es la paga para desempleados de larga duración mayores de 45 años, y se les acaba en marzo. Esta situación la tiene angustiada. Carmen tiene 58 años y su marido 59. La incertidumbre y el miedo a que llegue el mes de marzo, la tienen en un “sin vivir continuo”, porque sus preguntas no tienen fácil respuesta ¿qué harán?, ¿qué trabajo van a encontrar?, ¿quién les va a ofrecer una oportunidad?
María y Carmen no han tenido una vida fácil. Pero actualmente atraviesan una de las peores rachas. Ellas aún no ven la luz que les anuncian, y la salida del túnel se les antoja difícil.
María y Carmen, y sus familias, como el 28% de la población de España, se encuentran en una situación crítica, en riego o en situación de pobreza. Algo más de 13 millones de personas. 3 de cada 10. Todas, expertas en malabares. Se dice pronto. [2]
La principal causa de su pobreza actual es la falta de ingresos, derivada del desempleo, que a su vez, será la causa de una pobreza futura. Pues por la edad, y por las pocas oportunidades labores existentes, María y Carmen ven reducidas las posibilidades de encontrar trabajo, y si acceden a alguno es precario, temporal y sin cotizar. Todo esto conllevará graves consecuencias sobre sus pensiones futuras, que serán bajas, lo que las mantendrá en la misma situación actual: malabares, más malabares.
María y Carmen son beneficiarias desde el año 1985 de una vivienda social, lo cual es un alivio a día de hoy, pues nunca han tenido que pagar hipoteca ni verse amenazados por desahucio. Como beneficiarias del régimen de alquiler social, pagan una renta baja a la Junta de Andalucía, propietaria de las viviendas.
En 2013, la Junta de Andalucía ha empezado a repercutirles, junto al recibo de alquiler, el valor prorrateado del Impuesto de Bienes Inmuebles con carácter retroactivo aplicado desde el año 2011.
El propietario debe asumir el pago de este impuesto municipal, pero la Junta de Andalucía se ampara en que “soporta muchos gastos, que el alquiler que pagamos es bajo, y que para que se puedan construir más viviendas sociales y poder seguir gestionándolas, estos gastos deben correr a cargo de los inquilinos”, nos traslada Carmen con indignación.
¿Pero qué es poco? Según lo que se gane, ¿verdad? Pues sí, para María o Carmen, con todos los miembros de su familia en desempleo, lo mismo ese poco es demasiado. El Impuesto de Bienes Inmuebles para María o Carmen tiene un valor de 18 € al mes. Con esta cantidad, muchas de las familias de mi barrio, como las de María o de Carmen, pueden llenar los platos al medio día, o pagar una parte del recibo de luz o de agua.
“No es el momento de repercutir este impuesto al vecino, al ciudadano”, nos dice María mitad indignada, mitad resignada, “por ello hemos intentado movernos todos juntos para reclamar nuestros derechos. Somos 60 vecinos, todos en una difícil situación”.
Este verano, los vecinos afectados se constituyeron en Plataforma para negociar con las Administraciones. El asunto es confuso y mareante, y lejos de aclararse, se torna más complejo, y como siempre, burocrático y politizado.
La Junta, en concreto, la Empresa Pública de Suelo Andaluz (EPSA), sostiene que debe ser el Ayuntamiento quien bonifique el IBI, alegando que se trata de un programa social en beneficio del municipio. El Ayuntamiento de Almuñécar, por su parte, argumenta que el sujeto obligado al pago es la Junta y que por lo tanto, si bonifica a los vecinos estaría generando un agravio comparativo. No obstante, reitera su compromiso a los vecinos de negociar con la Junta la bonificación del IBI de 2014 si ésta, a su vez, se compromete a no repercutir el IBI a los vecinos por los periodos de 2012 y 2013. Finalmente, EPSA se ha comprometido, a través de Izquierda Unida Almuñécar, a convocar a los vecinos a una reunión informativa para tratar el asunto en profundidad. Porque el asunto tiene más profundidad, no acaba aquí.
Hace 10 años, la Junta de Andalucía, sabedora de que entre los vecinos se habían producido compra-ventas lucrativas contraviniendo la finalidad exclusivamente social de las viviendas, decidió ofrecer a los vecinos la posibilidad de adquirir en régimen de propiedad las viviendas a precio justo y social, tratando de acabar con estas corruptelas.
A partir de aquí se generan las distorsiones y problemas en las comunidades de vecinos, donde conviven propietarios e inquilinos, porque no todos realizaron la compra de la vivienda que disfrutaban en régimen de alquiler social. ¿Quién debe abonar los gastos de reparación de ascensor?, ¿la limpieza de azoteas, desatranques,…? Comienzan a surgir las rencillas y envidias. Se acentúa la desigualdad y la división entre los vecinos. “La avaricia y la corrupción de unos pocos, ha traído la división y separación del barrio”, nos dice María, desengañada, mientras apura el café.
Mientras las Administraciones se trasladan responsabilidades y se afanan en promesas vanas hacia el ciudadano, María y Carmen siguen pagando un impuesto que consideran injusto e inmoral; un impuesto enmascarado junto al recibo de alquiler, para que no haya forma de evadirlo; un impuesto que deben pagar los propietarios, no los inquilinos.
Les pregunto a María y Carmen qué se puede hacer, y me comentan que están sin ganas de luchar, aburridas, y lo peor de todo, a base de pastillas para dormir. Me cuentan que están hartas de la situación de su barrio, que se sienten engañadas también con la bolsa social. Que no les gusta que tan sólo se acuerden de ellas cuando toque votar, que sigue sin haber oportunidades en su barrio y lo peor de todo, lamentan, no hay unión y faltan apoyos y guerreros, por vergüenza o por miedos.
Me despido de María y Carmen, que se marchan a sus quehaceres y malabares. Yo me quedo en la cafetería apurando un cigarrillo. Me viene a la memoria mi equipo de fútbol- sala del barrio, con el que empecé a jugar y aprendí los valores de compañerismo, solidaridad, trabajo, esfuerzo. Ese equipo se llamaba Los Guerreros de la Chana. Me quedo pensando que María y Carmen son dos auténticas guerreras, que entre malabares, pastillas y tristezas, mantienen en pie a mi barrio, mientras otros, los de siempre, perturban su sueño.
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